13 marzo 2017

La magia

Se detuvo a mitad del recorrido.

Shepard siguió caminando hasta que la correa lo detuvo de un tirón y giró para buscar a su dueño. Con la vista clavada a un borde de la plaza, respiraba despacio y levantaba levemenete la cabeza. Por alguna razón, esa banca verde lo había captado completamente, entorpeciendo el paseo.

Miró a Shepard, y lo llamó cambiando el recorrido de todos los días. Se sentó en la banca, y lo acarició apenas alcanzó su hocico.

Con la vista perdida intentó contar los otoños que habían pasado por debajo de sus pies. Repasó las decenas de veces que se sentó frente a una hoja en blanco a documentar esos sacudones del alma, Esos pulsos que empujaban los músculos desde adentro para salir. Hacían años largos desde la última vez que él se había encontrado así con su banca. La había visto montones de veces, inclusive habiéndose mudado a otra parte, el recorrido lo llevaba al mismo lugar, a la misma plaza, la misma calle.

Un pibe se sentó justo al lado. Era mucho menor, tenía puesto un jean cortado y una remera gris con garabatos. Shepard se acercó a él y le olió la pierna, a lo que él respondió con una caricia detrás de las orejas.

- ¿Cómo se llama?
- Shepard

El muchacho reconoció el nombre y le dedicó una sonrisa cansada.

- Hay algo mágico con esto - dijo el dueño de shepard repasando las maderas de la banca. - hubo momentos de mucha falta en los que me senté acá a pensar, y siempre hubo alguien que me dio lo que necesitaba. Sea consejo, sea regaño. Siempre alguien se tomó unos minutos para decirme lo que necesitaba escuchar.

- ¿Sólo se sentó? ¿Nada más?

- Hay que estar dispuesto a escuchar. Hay que estar despierto en todo sentido.

- Hace ya varios años que vengo despierto en todo sentido, y parece nunca ser suficiente. Siempre hay cosas que se escapan, siempre hay cosas que lo superan a uno y también se cansa.

- No no, está entendiendo mal. No hay que percibir todo, sino hay que estar atento para escuchar lo que vale la pena. No todo sirve, pero lo que si sirve viene oculto entre lo que no.

Shepard se recostó en el pasto.

- ¿Y qué hago cuando me canso?

- Ahí es donde muchos fallaron en la juventud. No se rodearon de amor, de gente virtuosa en el cariño y la contención. Entonces, cuando se cansan de rodar, no hay nadie que los empuje ni siquiera cuesta abajo. Así que usted que realmente es joven, preocúpese de rodearse bien. Filtre a los hipócritas y a los frívolos y haga un muro de afecto alrededor del alma. Y reconózcalos cuando están, si los tiene. No cometa el error que han cometido tantos otros de dejarlos ir sin valor. Porque eso créame, es peor que estar sólo.

El muchacho escuchó lo último con los ojos muy abiertos, mirando el piso. Había comprendido algo. La hora se estiró más de lo que Shepard y su dueño podían permitirse.

- Bueno - dijo el dueño del perro - se me hace tarde. Veo que tiene algunas dudas más: quédese donde está. Que si en esta banca no encuentra una respuesta, entonces ya dentro suyo la sabe perfectamente.

- Gracias. Voy a hacer eso. - resopló con la misma risa cansada del derrotado.

Se alejó de ese lugar que tantas respuestas le dió con la certeza de que no es mágica la banca sobre la que estaba sentado, sino que mágica fue la suerte que lo cruzó con tanta gente de corazón real.

Hoy, él fue la magia sentada en esa Banca Verde.

27 enero 2013

Quién serás

Qué sabran esos ojos pálidos que nada dicen
qué sentirán esos macabros ojos pálidos que miran fijo.
Miradas que buscan comunicarse conmigo pero fallan.
Quién serás tu que no caes en cuenta de nada.
Nadie serás y no te condeno, sólo porque temo el ser dios.

Si sólo supieran esos ojos tersos que morirán sencillos
que serán solo un tumulto más ante la gran esfera.
Recubierto todo de nieve y empinados verdes,
nada queda para los imbéciles que nos ocultamos.
Quién serás tu, aquel que juzga.
Nadie serás y no te conozco, sólo porque no existes.

Palabras que nacen fluviales no entran siquiera en lo más leve
en las tinieblas de tu carencia. Nada te interesa más que tus vacíos.
Y nosotros los que tememos del juicio, los que no somos porque ser queda mal
qué haremos nosotros. Seremos felices, eso haremos.
Quién serás tu, aquel que juzga por miedo a ser juzgado.
Nadie serás y no te entiendo, sólo porque no eres de aquí.

Abrázense y obedezcan a la tinta que los une. Sus libertades son excusas.
Pues la única libertad es la que se hace con gusto, y puede disfrutarse con grilletes.
Y esos fuiste tu.
Y cuando el gusto dejó de ser, grilletes fuiste y quise verte lejos.
Porque lejos estás y siempre estarás. Y así es y será.
Quién serás tu, aquel que no puede ver el horizonte.
Nadie serás y no te oigo, sólo porque estás en silencio.

Y en la agonía de la sonrisa más plomiza
levantaré mis ojos frugales y poco lustrosos,
y recordaré, como lo han hecho todas mis vidas,
que no existe un nosotros bondadoso.
Recordaré que por siempre estaré condenado a ser quien con nadie es.
Quién serás tu, aquel que quiere ser de mí.
Alguien serás, pero jamás te he visto. Sólo porque nunca exististe.

30 septiembre 2012

Fenómeno - 1er Encuentro

      Sin rodeos: me ausenté. Hace ya meses que no limpio el polvo de por acá. Comencé a escribir unas cuantas veces, pero a la mitad algo me distraía del tirón, y el texto quedaba agónico y vacío. Pero esta noche de domingo les tengo que contar algo.
      ¿Vieron esas cosas que nos pasan, que mientras pasan uno acciona y reacciona sin pensar demasiado y cuando terminan siente que nunca las vivió, o que las vió en una película? fue algo así, pero muy intenso.
     Comenzó la primavera. Ya está repleto de mosquitos, los amigos distraídos aparecen con las narices y los cachetes colorados y las pecas alborotadas. Mi vida cambia solamente en la energía y el buen humor inevitable de los días soleados. Así estaba todo ese día. Venía caminando cerca de la facultad con un gran amigo, de esos que son más que mates y salidas. La charla rotaba en uno de mis interminables monólogos sobre cómo deberían ser la felicidad. Estaba compenetrado, ponía cada una de mis fibras musculares en sonar convincente. Hasta abría los ojos cuando decía algo sorprendente. Y así, en esa charla desiquilibrada, entramos a mi facultad y fuimos al buffet.
      Tiramos nuestras pertenencias sobre la mesa marcando territorio. Mi amigo se sentó a la mesa, tomé su orden y me dirigí a la barra. Entre tanto saludo con conocidos y amistades, una figura (llamada persona) entraba en la habitación de vez en cuando, buscando mesas, midiendo el tiempo que tardarían en llevarse el alfajor y el café en función de los ya esperadores. Ninguna persona bastaba más de un relojeo para distinguirla: la conocía, no la conocía. Pero en eso, aparece este ser.
       Para entender todo el fenómeno, me parece indispensable comenzar desde lo más elemental hasta lo más complejo. Era un humano. Hembra: Mujer. Su contextura física no enmarcaba nada extraño. No tenía ninguna particularidad visual que llamase la atención, y su actitud no se diferenciaba perceptiblemente de ninguna otra mujer del salón. Y aquí comienza lo extraño. Lo enuncio:
      *El papel indicando mi turno para ser atendido se volvió un objeto sin sentido.
      *Aquellas personas que se encontraban entre yo y esta presencia, eran obstáculos. Mi visión los convirtió de seres dotados de pensamiento, a bultos animados que bloqueaban mi vista.
      *Una especie de membrana invisible se formó alrededor de mis pensamientos más ingeniosos. Todo el brotar creativo se vió limitado a una película de colores saturados, en la que la única escena era yo, y el ser, unidos de diferentes maneras. Desde caminando por la facultad, hasta enredados en el piso de mi departamento.
       *Un inmediato olvido de todo aquello que tenía que adquirir para mi amigo.
       *Un inmediato olvido de la existencia de dicho amigo.
       Codeé a un conocido que tenía cerca, y le pregunte por el sujeto hembra.

        Me dijo su nombre, y lo expongo aquí como el primer paso de esta investigación: se llama Romina.

       Seguiré actualizando el blog con posteriores encuentros.

























30 julio 2012

Más que Viento

Si volasen los arroyos no entenderíamos nada.
Si crecieran las rocas poco podríamos hacer
porque nuestra cordura se perdería en el vagar.
Entonces, ¿qué sorpresa nos retiene?
¿Qué es aquello que nos liga al cemento quebradizo y nos dice que no hay momentos para volver? ¿Qué es lo que nos olvida recostados, y nos convence que no existen las cosas mayores que nuestras propias mejillas?

Es el vacío, eso es. Viento rugiente que nos rellena los vínculos. Es lo que hay entre las grandes certezas que nos mantienen unidos. No son férreas cadenas o pegamentos eternos. Es simple viento invernal, y nosotros tan tranquilos.

Si nos dijeran que lo que nos vuelve sanos es simple viento, dejaría el aire de ser aire y sería una nada destructiva. Porque necesitamos creer que el vacío es viento, y que el viento une.

Porque lo único que nos mantiene enteros, es creer que lo estamos.

20 diciembre 2011




La repugnancia existe. Toda ella en mi garganta, merecida por los hijos del muro. Anacrónicos desentendidos de lo críptico. Cedidos bajo el peso de sus malditas existencias, no se entienden a sí mismos y hablan. Hablan muchísimo y no dicen nada. Siempre, todo el tiempo, repiten. Así, las caras una a una se vuelven una máscara igual. Me dan asco. Aquí estoy yo, con la desgracia de haber visto el dolor a los ojos, y haberlo oído decirme que soy su familia. Yo soy el imbécil que abraza un erizo en llamas. El sabor a cemento me ahoga y no entiendo de dónde salí. Dónde nació la inmundicia y por qué somos pocos los odiosos que la mascamos. Con los ojos abiertos totalmente, los acuso de cometer el peor de los pecados del alma: dejar que el veneno entre en sus cerebros y que hoy no haya nada. No existe un nido donde posarse. No existen las alas. Ni siquiera existe la calidez de la oscuridad que no nos deja ver. Todo es claro, brillante, y la cueva no me protege. Ahi los veo revolcarse en su mierda verde, abrazándose con frío y esperando el mundo que no están construyendo. Tirando a la lava la única realidad del ser humano que nos hace mejores que la tierra gris que pisan. Destruyendo lo poco que queda de los colores. Todo se ve más opaco, y quiero escapar sin salir de acá. Siento los dedos que moldean cada borde y duele. Me veo morir en las manos del azul, y ahora no soy más nadie. Me fundo de cabeza a la última idea del Falso Dios.



Ustedes.



10 octubre 2011

Eso que

Lo que te empuja a sonreír.
Lo que se ama de los aromas.
Lo que te destaca al volver a tu casa.
Lo que enamora a tus afectos
Lo que hace que tu ausencia se sienta.

Tu Color: Éso es el Aíd.

Nunca dejó de existir

Froto levemente su brazo mientras ella pierde su rostro entre los delgados dedos.
No hay anillo ni esmalte que sostenga sus lágrimas.
Condenado el día en que nos sentamos en esa banca, a hablar de ella.
Siempre era así, los problemas siempre fueron suyos.
"Tranquila y sonriente, que la vida espera más de vos que una boba empapada" bromeé.
Sin mirarme y sin sonreír, largó una especie de resoplido hípico. Ruido que quiso ser risa.
'El Aíd era ese, no era otro. Así lo perdí, se voló sin más. A mi no me interesaba que llegue, pero cuando llegó y lo recibí, se fue. No sé por qué me esfuerzo, entendés lo que te digo?'
Era errado, no incomprensible.
"Sí, te entiendo, pero el Aíd nunca es tan claro ni tan real. Nunca es algo quieto o algo duro al palpar. Es como ese motor, esa soga que te atrae, que te empuja a hacer una cosa u otra. No importa si tiene el sentido que te quieren imponer. No importa si te miran raro. El Aíd te lleva a ello y poco a poco te endurece como persona.
Vas a ver cómo, de un día para el otro, la gente va a pasar de observarte de reojo a admirarte. Se va a sentir poco frente a eso nuevo que sos. Te va a molestar muchísimo que lo haga, porque el Aíd nunca viene con la fuerza ni con la mente de hierro. Los vas a animar, los vas a querer contagiar.
Si no es nada de eso lo que te tiene triste, entonces seguramente estás en lo incorrecto"
Mira ella confusa y con la cabeza un tanto torcida. Recuerda a un cachorro.
"Entendés?"
'No'

Hablar de Paz y de Semicorcheas nunca terminó una Guerra: hablar de Virtudes y de Emociones arrastradas nunca acabará en el Aíd.

05 octubre 2011

Llegada

Quién será esta vez.
Quién golpeará la ventana con tanto descaro.

Es la consciencia.
Parece que esta vez no se irá como vino.

23 septiembre 2011

Entre el Piso y la Pared

El alemán gritó guturalmente y los soldados los golpearon, ubicándolos en una hilera contra la pared. La victoria era total y el orgullo parecía emerger desde los Panzer y las Handgrännades. El grupo contra la pared estaba formado por cinco personas: cuatro judíos y un soldado estadounidense. El último, delgado y pálido, apenas si podía cargar con su equipamiento. En el intento de reunirse nuevamente con su pelotón había perdido su casco, dejando a la luz su cabeza afeitada.
-¡Preparado! - el cabo que los fusilaría era un joven robusto, de cabello rapado a cero, de ojos claros como el teniente. El fusil se alzó hasta quedar paralelo al suelo. El estadounidense, a quién nadie recordaba, rememoró los gritos de su teniente, las humillaciones que pasó por demostrar miedo, las burlas de sus colegas, los disparos, los insultos, su madre enseñandole a no maldecir, su padre haciéndolo, el alcohol, las heridas, el brillo apagado de un fusil que lo apuntaba directamente. Recordó Broadway, el cine, Tom y Jerry. Sonríe. El humo elegante del cigarro, la mano del hijo de puta levantada, que Dios bendiga a América y fuck you all, motherfucker germans, el estruendo, el calor de la sangre, el frío Stalingrado y el negro tranquilo de una muerte valiente.
El resto del paredón no gozaría de la exclusividad de una bala. Cuatro judíos alineados. Tres hombres cabizbajos, completamente sucios. Uno de ellos, queriendo huir por una cloaca, miraba los pies del alemán cubierto de mierda seca. Su hedor le recordó, al soldado, a las ratas de su pueblo. El führer tenía tanta razón. Al frente una mujer con su niño en brazos. De las narices de los dos últimos brotaban mocos húmedos y terrosos. Los ojos hinchados del niño y la exclamación del teniente. Baja su mano como una guillotina y el mismo trozo de plomo atraviesa y mata a tres de las ratas. Quedan el niño y el judío al último. Ambos lloran. El oficial toma su pistola: dos tiros a cada uno. "El teniente nunca calcula bien" se guarda el soldado para sí, mientras regresa al cuartel.

07 agosto 2011

Luz de Luna

Ésta historia nos remonta al año 1864. Gran Bretaña, vasta y dominante, aflora en la cultura y el Romanticismo. Los grandes teatros tiemblan ante las grandes orquestas, y dulcísimas melodías se desprenden de alguna que otra ventana. El viejo Londres se inunda de músicos bien vestidos, y de los grandes empresarios que buscan emoción y fuerza una tarde de domingo.
Entre los aficionados en la sala de teatro, un hombre de porte honorable lleva a un muchachito de brazo. El niño, bien peinado y vestido a la perfecciòn, observa la imponencia del vestíbulo.
-Dos entradas, caballero. Una para mí, y otra para mi nieto- pronunciaba Roger Gunn, el abuelo materno de el pequeño Wilhem Anderson.
-Aquí tiene. Son cincuenta libras - dijo el joven muchacho de la boletería
-¿Nada más? ¿Es que acaso la reina no se aburre ya de facilitarnos el verdadero arte? - rió el Señor Gunn. Entre risas el muchacho de la boletería le contestó.
-El muchacho entra gratis. Cortesía del teatro- dijo sonriendo.
-¡Eso sí que no! Si mi familia va a pisar un teatro, pagará por ello. Tome cien libras y déjese de tonterías. Puede quedárselas usted, ¡sabrá que hacer! - exclamó el hombre con una mueca pícara.
-¡Muchas gracias, señor!. Aquí, las dos mejores butacas del teatro. Pagó por ellas- musitó el chico, extendiendo dos boletos por la pequeña reja.
-Vamos, Wilhem- el niño lo siguió con un paso torpe.
Ésa fue la primera vez que Wilhem Anderson, virtuoso chelista, pisó un teatro. Sin embargo, la vida del niño era cándida sólo cuando su abuelo estaba con él. Las horas en su hogar fueron un suplicio tormentoso desde su nacimiento hasta sus ùltimas horas. Su padre murió cuando él sólo tenía 3 años. Su madre, con los años, convenció al jóven que Julius Anderson, había muerto una noche de juerga, en un viaje de trabajo en Chicago, Estados Unidos. “Tu padre prefirió morir rodeado de prostitutas y alcohol que aquí contigo. No lo extrañes ni lo menciones. No lo merece” le dijo una de sus dos tías, las cuales vivían bajo su mismo techo.
Ellas dos, su madre y su abuelo fueron el suelo donde creció.
Al ser hijo único, Wilhem presentaba muchos problemas para socializar en su escuela. Caprichoso e hiriente maltrataba a sus compañeros, una actitud que su madre atribuía a la desgracia de haber tenido un padre pródigo. Utilizaba también esa excusa al recibir las horrendas notas de su hijo, solamente para no sentirse culpable de su fracaso. Sin embargo, Wilhem solía recibir felicitaciones de su profesor de “Música e Instrumentación“. Ése hecho empujó al Señor Gunn a inscribir al pequeño muchacho en un conservatorio y a comprarle un instrumento. Aprendería a tocar el Chelo a los siete años.
Pasados tres años de educación musical, Wilhem demostraba ser un ejecutante virtuoso. Con sólo diez años abandonó el colegio, y se dedicó completamente al chelo. Leía partituras más rápido que el inglés, entendía a la perfección las matemáticas de las sinfonías, y lo más importante: Era capaz de poner su alma en cada nota, al punto de lograr las lágrimas de sus profesores, y especialmente de su abuelo. Fueron los años más felices del pequeño Anderson.
Todo se opacó el otoño de 1876, cuando su abuelo murió de un problema cardíaco mientras dormía. Wilhem quedó desvastado. Un muchacho mal dormido, despeinado, encorvado y cabizbajo, cabello perfectamente cortado y arreglado, labios finos y partidos, un leve aroma a gin y pasos al ras del suelo. Ése era el Wilhem que fue convocado para la Orquesta de Liszt, en el año 1886.
Allí fue convocado en primavera. Allí, también, se enamoró de Ethel Reynolds.
La Orquesta contaba con dos pianistas, un hombre de mediana edad, Shubert: muy prolijo y de una técnica admirable. A su vez, la segunda pianista, era una muchacha de poco más de treinta. Era delgada y del cabello castaño largo hasta la cintura. Tenía un aspecto elegante pero vacío. Ethel Reynolds. Wilhem la vió entrar en el estudio, y realmente no notó nada especial en ella: si bien había muchas mujeres bellas en el auditorio, a Wilhem poco le quedaba de afecto por las mujeres. No confiaba en ninguna de ellas, ya que sus tías y su madre insistían en que sólo arpías se acercan a muchachos “de bien”, como solían llamarlo a él. La indiferencia con ella duró tres compases de Wagner, en el auditorio del teatro.
Ella parecía poseerse frente al piano. Surgían fuerzas ocultas detrás de su cuerpo menudo. Los músculos se tensaban, y sus brazos se estiraban y volvían a doblarse con gracia y docilidad. En ese preciso instante sólo él y Ethel parecían ocupar el salón. Ella recurría a algo muy dentro de sí cuando ejecutaba cada pieza, y Wilhem necesitaba conocerlo. Por un momento en muchos años, no se sintió solo. Wilhem, fascinado, se acercó a ella durante un receso, y comenzó a hablarle.
Las historias de amor entre el chelista y la pianista fueron numerosas y muy apasionantes. Sin embargo, su extensión y sus pormenores exigirían un escrito del grosor de una novela. Es por eso que aquí simplemente se avoca a los últimos meses luego de dos años de romance.
Ethel tuvo unos primeros años muy tristes. Su padre, Lawrence Raynolds, era un gran amante de la música y de los grandes conciertos. Pasaba horas fuera de los teatros, oyendo las sinfonías junto a su hija. Entre todas ellas, se conmocionaba más con Claro de Luna, de Beethoven, que siempre le costaba unas cuantas lágrimas. Dos años después de ver el rostro de Ethel por primera vez, fue convocado al ejército. Combatió en la guerra de Crimea, en el año 1856. Nunca regresó de allí, dejando a su mujer y a su niña a merced de Londres. En años tempestuosos, su madre, Ariadna Graham, se vio obligada a trabajar como criada en la mansión Ritchards, un conocido lord inglés. Allí pasó Ethel gran parte de su infancia.
Reconociendo y recordando las piezas que ejecutaba el lord en su gran piano de cola, se ganó la fascinación y el respeto de la noble familia. Recibió una gran educación apadrinada por la mujer del Lord, Madame Therese, quién había sido profesora de violín y piano años antes.
Gracias al amor de su madre y el cuidado de la familia Ritchards, la pequeña Ethel se convirtió en una pianista de vocación, de gran fuerza y de una destreza envidiable. Participó en orquestas pequeñas en toda Europa, hasta que, por pedido personal de Lord Ritchards, Liszt la convocó para su sinfónica.
Desde entonces, muy agradecida, dejó la casa del noble y comenzó a vivir con su madre en un bonito departamento en el centro de Londres, a expensas de sus ganancias como pianista. Liszt tenía una fuerte preferencia por Reneé Schubert: Era bien sabido que era su yerno. Fue por eso que Ethel se dedicó simplemente a acompañar los ensayos.
Meses antes de conocer a Wilhem, la madre de Ethel contrajo una enfermedad renal que le fue fulminante, cesando su vida en menos de un mes. La joven, sola, rechazó el auxilio de la familia Ritchards. Con su madre se fue la última razón de su existencia.
No sería ilógico pensar que Wilhem le devolvería las ganas de seguir con vida. Pero la joven no pudo nunca recuperarse de la pérdida. El chelista, más allá de su creciente fama como un excelente musico, nunca comentó a nadie su amorío con Ethel, en quién invertía horas tratando de sacarle una sonrisa. La fogosidad que la destacó cuando se conocieron se apagaba con los meses. Ése brillo, sin embargo retornó por un breve lapso de tiempo.
Liszt murió en 1886, y dos años después Schubert se mudó a Austria. Por ese motivo, Ethel tenía el derecho de ser la pianista oficial de la Orquesta. Pero ello no fue lo que obsesionó a Reynolds: El primer concierto que darían sería un agasajo a la Reina Victoria. En recepción de uno de sus viajes, ella esperaría el recibimiento de una Orquesta de nivel, a la cual solicitó específicamente la pieza “Claro De Luna” de Beethoven para piano solo. Como un último honor a su padre, Ethel recobró su temple para lo que, según las cartas que se enviaba con Lord Ritchards, sería “el Último Gran Concierto”.
Pasaron los meses y Ethel con una potencia oculta, pulió la obra hasta una finura inexplicable. Cada nota, cada silencio, estaban entrenados. Wilhem, sin embargo, reconoció la obsesión rápidamente e intentó de tranquilizar a una pianista que no escucharía a nadie más que a sí misma y al piano. Hasta que llegó el día del concierto.
Esa misma tarde, Ethel decidió terminar de ensayar sola en su departamento. Echó casi con violencia a Wilhem, que acudió al auditorio para los últimos arreglos. Al llegar, lo sorprendió la presencia de Schubert, ya vistosamente más viejo que cuando lo conoció. Junto a él, un hombre de mirada sagaz, robusto, de una edad cercana a la del pianista.
-¡Buenas tardes, Anderson!- saludó Schubert
-Buenas tardes, Schubert. No sabía que vendrías…- comentó extrañado Wilhem.
-De hecho, yo tampoco. Sin embargo, tengo una sorpresa para nuestra nueva estrella. En cuanto me enteré, vine inmediatamente.
-¿Para Ethel, dices?- dijo el muchacho, modesto. Inmediatamente los ojos del hombre desconocido comenzaron a brillar.
-¿La conoces?¿Cómo está?¿Es bonita?- preguntó emocionado, mientra la voz se le quebraba.
-Este señor - interrumpió Schubert - es Lawrence Reynolds, el padre de Ethel.
Wilhem no pudo evitar sollozar. Conocía cada uno de los gestos que ese hombre había tenido con su amante. Conocía muchas historias casi heróicas de él infiltrandose con su hija en los teatros para oír a Vivaldi. Conocía el dolor de Ethel, y sintió como si el mismo estuviese recuperando a su abuelo.
-Le daremos la sorpresa cuando termine el concierto. Luego de la Cabalgata de las Valkirias. Te pedimos no contarle nada- comentó Schubert. Era la última pieza del concierto, y venía justo después de Ethel.
-Está bien. No diré nada- dijo, aún no pudiendo ocultar la conmoción. Fue al baño a lavarse la cara y volvió para los ensayos.
Lawrence observó los ensayos, mirando constantemente a Wilhem. El chelista entendió que ése hombre lo reconoció como cercano a su hija. Con un poco de fuerza, retomó la concentración desapareciendo al resto de la sala. Sumiéndose en su chelo y en la música.
Luego de una presentación en un teatro de Austria, con Schubert como pianista, Lawrence se acercó a felicitarlo y a charlar con él. Entre charlas, comentó su procedencia y de su familia. Schubert inmediatamente lo reconoció y le comentó de su hija en Londres. Lo que el Señor Reynolds nunca comentó fue que huyó de Inglaterra por haber desertado en la guerra. Ahora tenía una nueva vida en Austria, aunque nunca se recuperó de haber abandonado a su hija y a su mujer.
Llegó la noche, y con ella el público desde sus hogares. El auditorio se repletó de gente y estalló en vitoreos cuando Victoria se asomó por el palco especial. Todo el auditorio entró en furor cuando la Orquesta de Liszt interpretó el himno nacional inglés en honor a la reina. Y luego de una corta pausa para afinar, el concierto comenzó.
Durante toda la noche, Wilhem intentó de reprimir la ansiedad que le producía imaginar el gran reencuentro. No podía evitar buscar a Lawrence entre el público. Tampoco podía no preguntar por Ethel, que no había dado rastros de haber llegado al teatro. Poco antes de la interpretación, la divisó entre los grandes telones.
Al final de la pieza de Mendelssohn, entró con seguridad y firmeza desde los bastidores, y ocupó su asiento frente al reluciente piano Hoffman. No saludó ni sonrió. Simplemente posó las manos sobre las teclas, levantó el mentón, y esperó el fin del aplauso.
Cuando el auditorio hubo silenciado, Comenzó Ethel Reynolds a interpretar “Claro de Luna“, una de las obras máximas de Ludwig Van Beethoven.
Es difícil explicar la exactitud musical a aquellos que no tienen una cercanía con la música clásica. Pero a éstos mismos no le es ajena la verdadera magnitud de quién presiona las teclas con verdadero amor y fulguroso drama. Así, con la lentitud precisa, con la intensidad, y la verdadera melancolía del solitario, Ethel desgarró cada uno de los corazones del auditorio. Comentan que la reina, en su crudeza, dejó escapar más de una gota entre sus mejillas. Era la verdadera tristeza.
Cuando hubo finalizado, se levantó repentina y se dirigió detrás del teatro con el impetú con el que entró. El público aún siguió aplaudiendo, y lo hizo durante muchísimo tiempo. Sin embargo, la pianista no volvía a disfrutar de su agasajo. Ya preocupado, Wilhem dejó el chelo reposando sobre la silla, y se dirigió al camerín.
Golpeó a la puerta, y nadie contestaba. Cuando quiso ingresar la puerta estaba cerrada.
-¡Ethel, abre!¡Tenemos una sorpresa para ti! - Silencio.
-¡Vamos, mi amor! tranquilizate y abre, todo pasó…- Nada. El pánico se apoderó de Wilhem.
-¡Ethel, abre ya la puerta!¡Me estás asustando!- y cada segundo sin sonido mayor que el vitoreo de la sala, era un segundo de sangre helada en las venas del chelista.
-Ethel…- dijo en voz baja. Silencio.
Reunió fuerzas y embistió la puerta. Al no abrirse embistió otra vez. Nadie venía en su auxilio. Estaba sólo. Embistió una tercera vez, y las bisagras cedieron.
Vio a la pianista, sentada erguida, como ella solía hacerlo para tocar. Su cabeza colgaba hacia atrás como si fuese de plomo. Su rostro estaba sereno, pálido y levemente verdoso. Fue como si todo lo que ella tenía dentro de su alma hubiese sido reflejado en su rostro. Sobre la mesa una nota y un pequeño frasco. Era de cianuro. Ethel había hecho lo último que tenía pendiente en el mundo: Honrar a su padre. Wilhem explotó en llantos, y algo dentro de él se perdió para siempre.
Desapareció el chelista de la escena durante meses. Se lo reconoció tres años después en una callejón de South Hampton, muerto. Llevaba ropas de mendigo, y según los periódicos de la época murió de cirrosis. Los registros del hospital donde fue llevado nunca aparecieron. Sin embargo, muchos atestiguan que cuando estaba siendo llevado a ser atendido, llamaba a alguien llamado “Raynolds”. Sus últimas palabras, también por testimonios poco certificables, fue “Señor, ayuda a mi pobre alma”. Lawrence luego de enterarse el destino de su hija, fue a una habitación de una posada modesta, y se disparó en la sien con una pistola que se robó del ejército.
Lo que nunca nadie supo fue que decía la nota de suicidio de Ethel Raynolds. Algunas escasas pruebas indican que fue entregada a la madre de Wilhem, y que desde ese momento, ella y sus hermanas no volvieron a salir de su hogar.
Schubert creía que Ethel estaba embarazada, pero prefirió guardarse el pensamiento

31 julio 2011

El Aíd - Capítulo XI

Iván no tardó en transportarse. Cómo si cada silencio, cada nota, limpiase el polvo de sus recuerdos. El calor del té, la fragancia a la canela, y la áspera caricia de su abrigo volvieron a la casa. Se vio de pequeño parado sobre una silla junto a la canilla de la cocina. Sus manos heladas por el agua y el jabón, y Elena, joven y de ojos brillantes, explicándole como hacer burbujas. -Tenés que hacer así...- insistía ella. Para él, su "así" podía ser cualquier cosa; más el momento era simpático como ningún otro.

La tierra fría y el cielo rojizo de afuera fueron imágenes que se depositaron en el muchacho, que poco a poco se perdía más y más en la prolija melodía. Sus ojos cayeron pesados y cómodos. Él, en ese preciso instante, dejó de sentirse. Se olvidó de las razones, los modales, inclusive de quién estaba tocando tan hermosa música. Seguía consciente de lo que sucedía, pero toda su verdadera atención estaba en su memoria.

Su madre, a una distancia prudente, leía un libro; o por lo menos fingía hacerlo: cada nota le demostraba más y más que su hija no era la misma. Le enseñaba que la muchachita tozuda que se fue tan ofendida y rebelde, hoy volvía amorosa y sin rencores. Llena en su totalidad de aquello único que la haría feliz: la música. Su padre estaría tan feliz. “Lloraría” pensó, mientras revisaba, por décima vez, la frase que leía sin atender.

Los tres pensaron en palabras más o menos similares: “¿Cuándo iría Iván a buscar su Aíd?” Como siempre, y ésta vez Elena respetando las costumbres, nadie lo dijo en voz alta.

02 julio 2011

Una del Frío y del Cielo.

Nos sorprende el ruido a cascos de caballos en la calle.
Son decenas.
El sol, con dificultad, sube el horizonte
como si se tratase de un acantilado.
Y allí, ambos de la mano. Cálidos y abrigados.
Desprolijos, porque así lo exige la pasión.
Un aire fresco se cuela por la ventana
y ambos nos estremecemos.
Te susurro algo al oído, y te limitas a sonreír.
Yo estoy contento, sólo tenía que decirlo.
Mi mano te recorre y se asienta en tu mejilla.
Así también mis ojos, que se refugian en los tuyos.
En estos momentos dejas de ser un nombre,
y pasás a ser un sentimiento en cuerpo.
Sos una emoción con un contorno real y palpable.
No sos perfecta, y está perfecto.
No sos una, sino todas las que tanto se necesitaron
y que los bloques no me dejaron alcanzar.
Sos mi logro, como yo me siento el tuyo.
Sos una acción, sos gestos, sos palabras que no salen de una boca.
Vos sos en cuanto te siento y te huelo.
Nos hacemos reir,
porque eso es lo que hace la verdadera belleza.
La única forma de sabernos reales,
es recreandonos en lo poco que existe.
Y ese poco, hoy, nos llena el cielo violeta
que cambia depende de donde lo miremos.
Lo completa y no tengo dónde más que mirar,
que a tu boca.


Vos no tenés donde más mirar, que a mi sonrisa.

Cruje la Banca Verde, cuando me pego a vos,
y le quito el frío a tu flanco izquierdo.
Nos reímos.

21 junio 2011

Los Ojos del Gran Ben

Otra vez el "click" en su cabeza. Los pasos resonantes se mezclaban con el chapotear de los charcos. En otra situación, a Elliot Chapman le hubiese molestado sumergir sus zapatos de cuero italianos en agua de lluvia. También hubiera disfrutado del conocido pasoe, que ahora recorría a toda velocidad. Pero esa noche no era el caso.
Los adoquines de la calle, abrigados de lodo, podían sentir el potente correr. Dobló en la esquina de Stairport Street y por lo sucio del suelo, su pié continuó con la inercia. Un inglés cae de bruces al suelo. Recubierto de mugre, Elliot se levantó, a la vez que ojeaba el hermoso reloj de bolsillo que le hubo regalado su mujer.
Eran las dos de la madrugada y los minutos cambiaron frente a sus ojos. 34, y el tiempo se acababa. No podía detenerse, ni siquiera cuando su cuerpo no le respondía, tozudo. Su mujer y su hija estaban en peligro y todo dependía de él. Retomó la tarea con renovadas energías: unas surgidas de la misma desesperación.
Pasajes, callejones, faroles y vidrieras, todos eran obstáculos hasta el Big Ben. El coloso movió apesadumbrado su aguja, 35, y quedaban cinco minutos.
-"¿Aló?" una respiración se volvió habla: -"Chapman, debes estar en el Reloj más ostentoso de Londres antes que sus agujas marquen los 40 minutos. Tu mujer y tu hija arderán bajo querosene si no estás allí para entonces"- En su mente tronaba amplificada la profunda voz. El teléfono quedó colgando. Cada palabra dicha en ese entonces era ahora una gota de sudor en la frente del Doctor Chapman.
Sin embargo, a las 2:38 horas, un abogado llega al Big Ben, y ve atónito como su familia, rendida, emana la opaca luz del fuego. De rodillas cayó el jurisconsulto, y las lágrimas se mezclaron con las precipitaciones, el barro y el combustible
-"Qué poco que se razona con miedo; que fuerte se aferra uno a las escasas esperanzas que otro desconocido puede plantearle"- Era la voz, que si bien ronca, era más nítida a cada paso.
"¡Pero llegué antes!¡Hice lo que me dijiste!" 2:39 y el dolor comenzaba a tornarse en ira.
-"Chapman, tu familia era un estorbo" Una sombra cercana a los dos metros de altura, de la mitad de ancho, y cubierta por un sobretodo roto en su extremo inferior, asomó desde un árbol en la pequeña plazoleta adyacente al Reloj.
"Ven conmigo". Deshecho y sin motivos para vivir, Elliot accedió.

Así marchan el abogado y el asesino. Uno cubierto de odio y mugre, y el otro apestando a querosene y a misterio.

14 junio 2011

Daniel y los últimos deseos.

Restregándose los ojos, se apartó del monitor. Daniel no podía matar un solo Stomp-trooper más. Luke Sky-walker permanecía inmóvil y luminoso en la PC mientra él, en su enorme sillón con rueditas, se asomaba por la ventana.

Nunca tuvo un telescopio, Daniel, ya que sus precios alcanzaban el riñón y medio. Miró por un rato el cielo, y repasó uno o dos diálogos de “El Dia de la Independencia”. Eso lograba que el universo, para él, se vea un tanto más inmenso y misterioso. Una estrella le guiñó un destello con picardía. El muchacho suspiró.

La vida desde la infancia no le fue fácil: un tanto solitario en la primaria, sus amigos del barrio bastante más grandes en edad y una madre obsesionada con la revista “Genios” y sus casi infinitos suplementos sobre biología y astronomía. Nada bueno podía salir de tal mixtura. Si bien conocía personas realmente interesadas en los temas del universo, él entendía bastante poco; se dedicaba casi profesionalmente a consumir películas y videojuegos de ciencia-ficción diseñados por personas con talento y vocación. Ambas cualidades que parecían esquivarlo a sus 18 años de edad.

Somnoliento, comenzó a divagar con la ñata contra el vidrio (como solía decir su abuelo) y el vapor de a poco nublaba la noche. Repentina, la estrella que había titilado se sacudió con fuerza, como si se hubiera despegado del negro cielo.

Lo que a continuación sigue puede resultar confuso, pero es indispensable que el lector comprenda: Las invasiones nunca son claras.

Comienza, como toda buena película, con una explosión. El humo, el estruendo y los torrentes de fuego se acercaban a las imágenes del noticiero sobre el volcán chileno. Los adornos de la casa se caen por el temblor. Se corta la luz.

Silencio. Pasos sobre el piso de madera flotante y los gritos de alguien en la casa preguntando “¿Todos Bien?” seguido de un predecible “¿Qué paso?”. La calle 3 hundida y resquebrajada. Todos se acercan, Daniel se aleja. Un cilindro en el cráter… ¡Un cilindro! ¡clásico! Daniel se sube al Ford Ka que arranca fácilmente. “Si fuera Chevrolet no arranca” hubiera dicho su ahora irrelevante padre. 120 kilómetros por hora, y un chillido sordo y vibrante comenzó a aturdir al gentío que curioseaba, menos a Daniel, que ya estaba lejos.

El oficial Ramírez da dos pasos entre la multitud que rodea al artefacto y lo toca, esperando que cese. Daniel sabe que es inútil, pero su conocimiento no escapa al chasis del ligero cochecito. El oficial exclama “¡Los recibiremos en paz!”, segundos antes de ser pulverizado ante el horror del público.

Toma el pedido sin pagarlo en el AutoMc, Daniel, y sigue hasta la Sede central de “Claro”. Entra corriendo y comienza a subir las escaleras, mientras la seguridad del edificio lo persigue. Una onda expansiva que sale desde el objeto alienígena comienza a barrer con todo a su paso. Llega, Daniel, a la oficina del Presidente de la empresa:

“¡NO QUIERO DUPLICAR MI CARGA, NI QUIERO PARTICIPAR DE UN CONCURSO POR UN 0 KILÓMETRO!”

A la vez que, por la ventana, entraba la última luz que el mundo vería.


7 de Junio

Textos I

Consigna: Basado en la Guerra de los Mundos, describir una invasión alienígena en la actualidad.

Agustín Gutiérrez y los canapés del Mal.

Agustín Gutiérrez y los canapés del Mal.

Era 8 de Agosto y Agustín Gutiérrez, el hijo de Don Guitiérrez, cumplía siete años. Si bien Agus era un “nene divino” según mi tía, para mí y para mis hermanitos, era un pendejo, con todas y cada una de las letras. Su aspecto angelical, rubiecito y de ojos claros, tenía embobados a todas las viejas de la fiestita. La gente joven, nuestros papás y nuestros primos más grandes, o le daban poca bola, o lo aceptaban: total, morfaban gratis. Pero nosotros no.

Si bien nosotros comíamos gratis en todos lados (teníamos menos de 10 años), en el cumpleañitos de Agustín, el banquete era codiciable. Lo recuerdo nítido y oloriento: para comenzar, los manteles de plástico de los Power Rangers y de Dragon Ball Z, dibujos que solían coparnos y volvernos extremadamente violentos, recubrían todas las mesas. Los vasitos de plástico berreta poblaban la superficie; más de una vez me hubiera gustado poder ponerles nombre, para evitar los crueles hurtos luego de que una mamá generosa los hubiera llenado de rico y burbujeante líquido. Para concluir con la vajilla, los platos de plástico de todos los colores, que al final de la tarde terminaban partidos y cortados, con unos bordes filosos que no te cuento. La comida merece un párrafo aparte.

Éste es el párrafo aparte de la comida, por si no está atento. Las salchichas apuñaladas por un escarbadiente, los sanguchitos todos manoseados y las empanaditas frías se desplegaban por doquier sobre una telaraña de queso para pizza. Entre todo ese escándalo estábamos Leonardo, Guido y yo por un lado, y Agustín con sus amiguitos por el otro. Él nos miraba sonriente y alzando un poco la cabeza, como diciendo “Lero lero, tengo un cumpleaños re masa y ustedes no, chiva calenchu” y nosotros lo mirábamos con el seño fruncido y con odio, diciendo “no me importa, come torta, mi cumple va a estar mejor que el tuyo, yo completé el álbum de los caballeros del zodíaco y mi papá le gana al tuyo” entre otros improperios de la edad.

Durante todo el cumpleaños, se nos burlaba y ostentaba sus bienes. Mi papá dijo algo como “Parece que Don Gutiérrez pierde masculinidad si no hace gala de lo bien que cocina. En el momento no lo entendí, pero ahora creo que tampoco.

En fin, cuando la torta gigantesca con el escudo de Racing (digno del pecho frío) se posó sobre la mesa, yo, poseído por Gokú y por el Power Ranger Rojo, me pare sobre la silla de un salto y grité: - ¡¡¡GUERRA DE COMIDA!!! - A la vez que lanzaba un trozo de “pastel” sobre el cumpleañero, trozo que sonó con un total ¡SPLAT!

Nadie me siguió en la beligerancia, y mi vieja me castigó “de por vida” por hacer llorar al pendejito maleducado. Igual, yo nunca, ¡Nunca!, me arrepentí de haberme vengado de Agustín Gutiérrez y sus canapés del Mal

24 de Mayo

Textos I

Consigna: Describir realísticamente y con humor, un evento social que forme parte de nuestra cultura.

12 junio 2011

Bisapiensa

Lo despiertan los ojos profundos y negros, de nuevo.
Se incorporan.
Él no entiende nada y ella tampoco, pero están contentos.

Le sonríen a todo lo que se ve tan raro, siendo como fue siempre.

"Éste departamento no es el que era, es otro." pensó ella
El piensa lo mismo, y lo comenta.

"Éste yo no es el yo de ayer, sino sólo yo" pensó él.
Ella piensa lo mismo, pero no lo dice.

El pulso debería temblarle.
A él deberían sonrojársele las mejillas.
También debería recordar todo lo que dijo.
Ella debería recordar lo que oyó.
Pero sólo están ahí hablando idioteces y conociéndose.

Ella duda mucho. Él también.
Ella lo disimula. Él lo niega.
Y aún así se llevan de maravillas.

Lo que va a pasar, no es predecible.

Él creé que lo que sucederá nunca pasó antes,
en la vida de nadie.
Ella también lo creé,
un poco más segura que él.

A ambos los entusiasma la idea.
Pero no se la comentan.



¿Para qué hacerlo,
si es tan claro?

03 junio 2011

Un eslabón de óxido

La gloria deflagadora de la muerte
el desarraigo expansivo e invasor de los mil y un encadenados
hoy se acarician las mejillas entre sí
y juntos, vuelven palabras las viejas imágenes
de aquellos treinta y seis tantos.

Cobijando las punzadas y las lágrimas gratuitas
una O angosta es abrigada por un pañuelo
que no ha de servir sino de vehículo
a las uniones que no tienen razón de ser,
a la libertad de aquel qué no se ve en su entorno.

Una gota del elixir de vida puede renconstruir ese árbol caído y ocre
que pinta desolado el campo de asfalto y acero.
puede regresarle el tinte actual y la tranquilidad
de aquel simpático caminante,
que no podía andar sino por los bulevares de las nuevas tierras.

El vibrar sonante y poderoso de unas cuantas teclas,
los gritos agónicos, hoy afinan y entonan agudos
las canciones que nunca fueron ni serán cantadas.
Volverán a ellos las almas, sólo por un instante,
para poder ser lo que nunca fueron: Más que números.

La blancura y la aspereza de las pieles
los pelos blanquecinos y grises, como el mismo cemento
las uñas destruidas y los sueños...
Los sueños vueltos migajas, por una vida que cesa
víctima del Ser nacional prostituido.

La mirada desesperante y sorprendida
de ése hombre que hoy me tantea el rostro
porque no me conoce, pero me ve.
me convida un poco de su destino de callejón,
y me apreta con fuerza el cuello, no para ahorcar, sino para grabar.

Delirios sólo quedan para suponer
y ensoñaciones inspiradas pueden brotar por momentos.
Hoy nuestra sonrisa es suave y prepondera.
Hoy somos hijos de una tierra, que regada con sangre, dará frutos
Mañana...

Mañana estaré despierto

Intentando no olvidar.




A los años que no me tocó vivir
pero me tocó recordar
A los muertos que no me tocó conocer
pero que al día de hoy, me sonríen por doquier
a los abrazos que le debo al mundo
por los nudos que no me pertenecen.

Otra pequeña golosina amarga
mientras esperamos el colectivo
en esta Banca Verde

26 mayo 2011

La Banca Verde

El hombre terminó de darle la última mano de pintura. Su color era del musgo más profundo.
Se alejó unos pasos y miró, relajándose, la obra terminada. Una pequeña banca de parque, con sus brazos y piernas de hierro fundido y su cuerpo de tablas. Reposar nunca le fue tan placentero al viejo mueble, que desnudo siempre, sólo formaba parte del paisaje.
A medida que el triunfante pintor tomaba de un tirón la pesada lata y se retiraba, los remaches del asiento se sentían como nuevos. Ellos le sonreían a los paliduchos Arrastrapies, a los Miranada, y a los Voladores. La sonrisa se le devolvía soñadora, típica de los hombres y mujeres que nunca regalaron su imaginación a los relojes. Animaban también las irónicas hojas forjadas, con una cara de "Buenas" que a nadie confunden.
"Cada hoja que cae de éste árbol es un nostálgico sonriente que piensa en la muerte" pensaba el cantor, triste y fatalista. Nadie escuchaba canciones para recordar los ataúdes y los sepelios. Frustrado, se levantó y se fue a la banca vecina, a unos cuantos metros. Todos parecían entender que la culpa verdadera de pensar en lo esencial, inclusive sin quererlo, le correspondía a la Banca Verde.
Acerca de esa Banca, nadie contó leyendas, ni se oyeron historias más que esta. Sobre la tierra seca bajo las redondeadas tablas, sólo pasaron unos cuantos granos de maíz; de esos que las palomas nunca ven. Esa banca era sigilosa y suspicaz.

¿Quién sospecharía de alguien que soporta tu peso sin chistar?

22 mayo 2011

Contento

Hoy está contento

Cuando está contento
las palabras se vuelven más
superficiales,

Cuando está contento
los adjetivos complicados no vienen a sí.

Cuando está contento
repite las expresiones y la estructura es fácil.

Cuando está contento
es más rápido de entender, y más llevadero leerlo.

Cuando está contento
todo le parece más brillante.

Cuando está contento
se le aparecen colores que cuando estaba triste no veía.

Cuando está contento
el tiempo triste se desentiende, como cuando
hacés cola para algo, y llegás.

Cuando está contento
no puede creer que estaba triste, cuando ser feliz es
tan simple.

Cuando está contento
se pone algo repetitivo.

Cuando está contento
no le importa si no le responden.

Cuando está contento
camina más rápido.

Cuando está contento
la lluvia no es ropa mojada, sino ruido en el paraguas.

Cuando está contento
no tiene problemas en ir a cualquier lado.

Cuando está contento
estudia para ser mejor, no para aprobar.

Cuando está contento
deja pasar a los autos antes de cruzar
y piensa "Quizá va a ver a sus hijos"

Cuando está contento
sonríe para que le sonrían,
no para que lo traten bien.

Cuando está contento
no le importa que el kiosco no tenga cambio,
y le dé caramelos.

Cuando está contento
las chicas le preguntan si sabe tocar
la guitarra que lleva en la mano.

Cuando está contento
el
subte está lleno de caras,
no de gente.

Cuando está contento
se da cuenta que no es la misma persona.

Cuando está contento...

Cuando está contento
extraña estar triste.

15 mayo 2011

100101011

A veces, olvidarse de la propia escencia
es tan fácil como conectarse a Internet.
Ceder tus sentidos, tu conocimiento,
tu creatividad y tu fuerza de Voluntad,
vuelta Iniciativa, a una computadora.

La desaparición psicológica y espiritual vía web
es la práctica catártica más simple hoy en día.
Es aquella donde las grandes pequeñas poblaciones,
dueñas de apenas sí mismas, convergen con los más
deslustrosos pecados ortográficos,
o con los más honorables fines, en contraposición.

Las almas binarias se abrazan, besan y
comprometen en una escafandra tan estúpida,
sosa y mefijusta como la fuente Calibri.

Los árboles se tornan banners, el cielo en wallpapers,
la mismísima tierra se vuelve una barra de tareas.

Nosotros somos una asquerosa flecha blanca
que no es capaz ni siquiera de girar sobre sí misma.
Una flecha que no tiene ni ojos, ni pies, ni alma.

Lo mejor, lo irónico, es que TODOS,
tarde o temprano, somos la condenada Flecha.